Han pasado veintiocho añitos desde que la saga vio la luz (1986) incrementando, un año después, las ventas de la primera consola creada por Nintendo (Nintendo NES) y dejando rápidamente atrás la desconfianza que había producido en su propio padre y todopoderoso creador, Miyamoto San.

Bien es cierto que al joven hyliano de ropas verdes le hemos visto hacer casi de todo a lo largo de estas décadas; montar a caballo, volar en pelícaro, surcar los mares, viajar en tren, transformarse en lobo… eso, sin incluir la serie animada de televisión (1989), mangas, novelas y libros oficiales. Incluso fuera de Nintendo, existen dos series de videojuegos, una de ellas compuesta por tres nefastos títulos que realizó Philips (con un presupuesto de risa, también es cierto) con el fin de potenciar las ventas de su consola CD-i, los cuales ni siquiera han sido mencionados en el libro cronológico de Hyrule como una serie alternativa. Y una segunda serie lanzada para Game & Watch, además de un sinfín de juegos que finalmente no salieron al mercado por diferentes limitaciones durante su desarrollo. Evidentemente, no todos los títulos han sido igual de exitosos bajo la firma legítima, pero sí ansiosamente esperados por sus incondicionales seguidores entre los que me incluyo. Aún recuerdo con tristeza, cómo uno de los diseños más hermosos que vieron la luz en esta industria, fue prejuzgado por su colorido y dulce cel-shading. Me refiero a The Legend of Zelda: The Wind Waker, donde nos mostraron un entorno lleno de monería irresistible que para mi propia satisfacción, terminó calando fuerte e incluso tuvo su propio remake en HD para Wii U.

Ahora, toca hablar de A Link Between Worlds, que lleva con nosotros desde noviembre de este año pasado y a llegado para quedarse como otro buen título dentro de la saga. Y es que como es costumbre, este adorable elfo afásico está decidido a salvar Hyrule y su detestable pero cuca monarquía. En mi opinión, con el peor malvado de la saga; Yuga, un artista mediocre obsesionado con “crear” la obra perfecta y una sencilla batalla final con respecto a lo que nos tienen acostumbrados. En definitiva, es un juego para corretear virtualmente arreglando descosidos donde la jugabilidad y la diversión están aseguradas. Además corresponde cronológicamente a la secuela del aclamado TLoZ: A Link to the past de Super Nintendo; uno de los mejores juegos de la saga (y del mundo de la historia) con el que comparte la perspectiva cenital, mazmorras multinivel (características en la propia saga), mundos de luz y oscuridad y la exquisita banda sonora compuesta por Koji Kondo. ¿Qué podría fallar en una segunda entrega que nos llega veintiún años después? (A Link to the past fue creado en 1991, llegó a Europa en 1992) pues poco, prácticamente nada.

Desde sus más tiernos orígenes, The Legend of Zelda bebe de la lucha eterna entre los rubios nórdicos y los morenos de ojos rojos o lo que es lo mismo, el bien y el mal (quedó explicado tras la maldición del Heraldo de la muerte en Skyward Sword), además, es la reina de la estética, del saber envejecer y del mambo (colores deliciosos, bonitas melodías y ese aspecto cuidado al máximo para recordarnos que no somos nadie de vuelta a nuestro mundo real) Y es que, esta entrega nos trae pequeñas y acertadas innovaciones manteniendo el aire clásico que habían planteado desde su diseño. Sí, basado en una idea primigenia de hace dos décadas. Con perspectiva cenital y la opción de ser jugado completamente en 3D, este nuevo Zelda nos da la libertad de explorar los diferentes templos en el orden que prefiramos, lo cual desde mi punto de vista es todo un acierto. Ya en sus primeros minutos de juego, nuestro aprendiz de herrero se verá envuelto en una aventura demasiado grande, es decir, después de ser pateado en las costillas, será secuestrado en su propia casa por un siniestro conejo rosa que usa bufanda llamado Ravio y su mascota, un ratonín volador que amenazan con ser nuestros nuevos inquilinos queramos o no. Esta extraña relación trae consigo un negocio de alquiler y compra de las armas que necesitaremos para avanzar en la historia. Puede crearse la falsa sensación de que el alquiler es una buena opción pero lo cierto, es que sólo los objetos comprados pueden mejorarse y para ello, hay una misión secundaria muy concreta consistente en ayudar a mamá Maimai a reunir de nuevo a sus adorables bebés (porque ella, claramente está muy ocupada y no tiene tiempo para milongas) Cual niñera de pulpejos rositas recorreremos los bastos escenarios y seremos bien recompensados por la apurada mamá si conseguimos encontrar a los cien churrumbeles que hay repartidos entre Hyrule y su versión tétrica, Lorule. Unas veletas repartidas a lo largo de ambos mapas servirán para guardar partidas y hacer viajes rápidos de un lugar a otro aunque la extensión de ambos mapas no es su punto fuerte y prácticamente no hagamos uso de ellas. Para activar este tipo de viaje, haremos sonar una campanita disponible en la pantalla inferior siempre que estemos fuera de una mazmorra y seleccionaremos el destino en la misma pantalla táctil. Resulta difícil perderse en esta entrañable aventura, ya que la nueva habilidad de Link para convertirse en pintura, nos forzará a pegarnos en las paredes cuando hayamos agotado las demás posibilidades (aunque en el momento de hacerlo, no parezca tener ningún sentido)

Gráficamente, es un Zelda de portátil. Sobresaliente en cuanto a colores, modelados, texturas y efectos de luz, todo esto engrandecido al activar la profundidad del modo 3D (en el caso de la versión para 3DS) Sinceramente, soy de esas personas que juegan más cómodas en el modo tradicional, ya que tiendo a mover ligeramente la consola y es algo agotadora la corrección mental y de posición para volver a la imagen tridimensional en mi minúsculo cerebro de mapache. Si bien es cierto, se puede jugar y disfrutar perfectamente sin este efecto aunque habrá quien piense que la experiencia pierde parte de su inmersión natural, cosa que a los mapaches nos da igual.

TLoZ: A Link Between Worlds

Si hablamos de su banda sonora, yo solo puedo decir que había momentos en los que además de tararear, me inventaba la letra. Por no hablar de la taberna de Kakarico, donde por unas rupias, unos simpáticos músicos interpretan temas clásicos pertenecientes a la saga. La música siempre ha formado parte esencial y más aún si tenemos en cuenta que lo poco charlatanes que son estos personajes, raro es que se les puede escapar un fx contado. Es perfecto así, no necesito voces irrelevantes cuando la música crea el clima idóneo.

Como anécdota, a través de Street Pass, una serie de Links tenebrosos aparecerán en nuestro mapa para batirnos en duelo. La diferencia entre luchar con ellos o dejarlos de lado, será la posibilidad de ganar o perder unas rupias, las cuales sobran
exageradamente en este título, o incluso, unas pociones.

Y dicho todo esto, confesaré que la primera impresión después de haber terminado el juego me resultó inevitable, quería más. Me lo había pasado en grande, incluyendo los créditos que también me resultaron graciosos, tal vez echaba de menos armas nuevas, una batalla final más compleja pero tenía que reconocer que aquella historia terminaba en ese momento…!
Conocemos su historia, las razas, su mapa, sus armas, su música y que no nos dejará indiferentes. ¿Es esto lo que le pides a un Zelda o esperas algo más?